lunes, 30 de mayo de 2016

Enamórate de mí

"Hoy es otro día." Últimamente me repito muy a menudo esta frase. Son ya varios los días que paso sin dormir tranquila. Cuando te dicen que no hay peor demonio que la conciencia, pues es cierto, esa misma conciencia no te deja de juzgar, nunca para de juzgar.

A veces creo no encontrar palabras para lo que me pasa, pero en verdad es fácil de explicar cuando se está en frío: Estoy enamorada. Pero no es tan sencillo como parece. Yo estoy enamorada de una personalidad momentánea pero no de una persona en su totalidad, estoy enamorada del instante tierno y preocupado que me muestra, del lado más vulnerable que sobrevive en algún lugar del recuerdo de mi niño perdido.

Nunca va a ser simple porque yo misma no soy simple. Sólo sé que el deseo de enamorarme y que se enamoren de mí está más vivo que nunca y que deseo a alguien que sepa sentir tan intensamente como yo siento.


"No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe...
No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma.
No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música.
No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y vertigue un inmenso horror por las injusticias. Una a la que no le guste para nada ver televisión.
Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica, lúcida e irreverente.
No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, jamás se regresa"

-Martha Rivera Garrido.

lunes, 21 de marzo de 2016

De liberaciones y confesiones

"Que sea el último día". Cuantas veces he repetido en mi mente esa frase, cuantas veces he querido ponerle punto final a toda esta historia, tener el valor para ponerle fin y hasta ahora he sido incapaz.

Tantas veces inflé el pecho por creerme una mujer de bien, por dar las gracias a mi familia de haberme criado derecho y por ser coherente con mis ideales para ahora caer en esto? He llegado a desconocerme, a odiarme por convertirme en todo lo que he odiado en esta vida: un ser inconsecuente, dependiente de las migajas de otro por un poco de goce.

Atrás quedaron los momentos de carpe diem donde todo se podía justificar bajo la excusa de vivir el momento, porque justamente dejaron de ser simples momentos para convertirse en un limbo de emociones donde nada tenía sentido, nada estaba dicho y nada tenía etiquetas. Es en ese limbo donde me perdí yo misma, confundí libertad con transgresiones y empecé a inventar razones sobre lo que pasaba, forzar justificaciones que no eran otra cosa pero terquedad.

Cuando lo necesito y lo busco no está, casi nunca está, o por lo menos está para otra pero para mí no; sin embargo yo sí estoy para él, cada vez que me buscaba le respondí, cada que me necesitaba acudí hacia él, nunca le dije que no a secas, nunca le digo no. He obviado todo desplante, el dolor que muchas veces me dejó el sentirme utilizada e ignorada en diversas ocasiones, la angustia al no saber nada de él por días o semanas, me detesto por rebajarme a ser una opción libre.

"No tienes derecho a reclamo" es lo que me repito cuando me pongo a pensar en lo que vivimos, pues es la verdad, nunca pusimos etiquetas a la situación, yo no exigía explicaciones ni él tampoco. Es esa libertad la que nos atraía pero que al mismo tiempo sabía mantenernos separados.

Nunca nos pusimos a pensar conscientemente lo que hacíamos, lo nuestro fue casi todo espontáneo y es totalmente cierto. Me gustó lo vivido, disfruté los momentos de goce, volamos juntos en los momentos de éxtasis, reí como niña, pero también sufrí como idiota. En esta aventura las hormonas le ganaron a mi cordura y no hay manera de revertir eso, pero de todo esto también debo sacar provecho por aprender a soltar mi locura sin reprimirme, a filosofar de la vida sin miedo a las críticas, a valorarme más por quién soy, que no soy juguete de nadie y que nadie me tome por momentos, que estoy para ser prioridad y no para ser opción, que soy demente por naturaleza y necesito a mi demente complementario pero que me quiera y me ame en todo momento, a toda plenitud y con toda libertad.

viernes, 25 de diciembre de 2009

"Glorita ven"

Retrocedí el tiempo y comencé rebuscar en mi baúl de los recuerdos, poco a poco fui visualizando aquella infancia de la que poco hablo, pero de la que hoy mucho demuestro.

Algunos se preguntarán el por qué del título de esta entrada. La razón, al menos para mi, es muy sencilla; la tomé de aquel vals "Anita ven" de Pablo Casas, aquella criolla canción que canté y bailé hasta el cansancio en cada jarana que se armaba en mi casa, aquella en la que el autor menciona el afán porque la otra persona comprenda su cariño, su dolor...y es que fue el pesar de mi abuela el que no me haya llamado Ana María, sino Gloria María, por aquellas vueltas del destino (y de la suerte) que en sorteo de elección de mi nombre no haya salido elegido.

Mi infancia transcurrida en mi Barrios Altos querido, lleno de alegrías, experiencias, momentos... familia. Aquel Jr. Puno # 1425 donde crecí y viví, aquella iglesia de Cocharcas que escuchó mis primeras plegarias, su colegio en el que aprendí mis primeras palabras... los solares de Muña y San José en donde aún quedan las primeras jugarretas con los primos y los amigos que dejé, aquella inocencia que con el tiempo destrocé.

Así fue como yo crecí y viví durante los 7 primeros años de mi vida: rodeada de amistades y familia, de jaranas criollas y de momentos y jugarretas inocentes, un mundo donde no era extraño encontrarse a la familia reunida y cantando "YO SOY DE LOS BARRIOS ALTOS, EL PALLADOR POPULAR...", o cuando en un día cualquiera sonaba en el tocadiscos un "Luis Enrique, el Plebeyo, el hijo del pueblo, el hombre que supo amar..." que hacía practicar un pequeño baile a la hora de cocinar, o un tímido tararear entre aquellas cuatro paredes del que alguna vez fue mi hogar. Así fue el entorno de aquel entonces, donde la jarana popular, la criollada y la farra eran cuestión del día... donde, como buenos criollos, se asistía a las verbenas de la Virgen del Carmen y del Cocharcas. Y tal vez sea por eso que aún me estremezco al escuchar alguna canción criolla que escarbe en mi pasado, tal vez sea porque recuerdo el bailar de la mano con mi padre o estar al cuidado de mi abuela mientras ella me cantaba desde su cocina, tal vez sean esos momentos los que marcaron mi risueña y jaranera manera de ser, de expresarme, de ser tan "criolla" muchas veces... Tal vez hoy, ya lejos de aquellos tiempos y de aquel lugar, me sienta rara al volver a caminar por aquel barrio de mi ilusión del que me alejé, pensando que al volver no fuera el mundo cruel... y que hoy en día se ha convertido en algo extraño, a veces ajeno para mi...

Y es que cuando naces de Barrios Altos un pedazo de tu alma se queda allá incrustado, como queriendo formar parte de otra jarana, llamándote para que vuelvas a bailar, a sacar chispa del suelo así agitando el blanco pañuelo al ritmo de una marinera.

Gracias a Dios por los Barrios Altos... gracias a Dios por la música criolla.

P.D: esta canción es la que mejor señala mi memoria hacia mi barrio, De vuelta al Barrio - Felipe Pinglo