"Que sea el último día". Cuantas veces he repetido en mi mente esa frase, cuantas veces he querido ponerle punto final a toda esta historia, tener el valor para ponerle fin y hasta ahora he sido incapaz.
Tantas veces inflé el pecho por creerme una mujer de bien, por dar las gracias a mi familia de haberme criado derecho y por ser coherente con mis ideales para ahora caer en esto? He llegado a desconocerme, a odiarme por convertirme en todo lo que he odiado en esta vida: un ser inconsecuente, dependiente de las migajas de otro por un poco de goce.
Atrás quedaron los momentos de carpe diem donde todo se podía justificar bajo la excusa de vivir el momento, porque justamente dejaron de ser simples momentos para convertirse en un limbo de emociones donde nada tenía sentido, nada estaba dicho y nada tenía etiquetas. Es en ese limbo donde me perdí yo misma, confundí libertad con transgresiones y empecé a inventar razones sobre lo que pasaba, forzar justificaciones que no eran otra cosa pero terquedad.
Cuando lo necesito y lo busco no está, casi nunca está, o por lo menos está para otra pero para mí no; sin embargo yo sí estoy para él, cada vez que me buscaba le respondí, cada que me necesitaba acudí hacia él, nunca le dije que no a secas, nunca le digo no. He obviado todo desplante, el dolor que muchas veces me dejó el sentirme utilizada e ignorada en diversas ocasiones, la angustia al no saber nada de él por días o semanas, me detesto por rebajarme a ser una opción libre.
"No tienes derecho a reclamo" es lo que me repito cuando me pongo a pensar en lo que vivimos, pues es la verdad, nunca pusimos etiquetas a la situación, yo no exigía explicaciones ni él tampoco. Es esa libertad la que nos atraía pero que al mismo tiempo sabía mantenernos separados.
Nunca nos pusimos a pensar conscientemente lo que hacíamos, lo nuestro fue casi todo espontáneo y es totalmente cierto. Me gustó lo vivido, disfruté los momentos de goce, volamos juntos en los momentos de éxtasis, reí como niña, pero también sufrí como idiota. En esta aventura las hormonas le ganaron a mi cordura y no hay manera de revertir eso, pero de todo esto también debo sacar provecho por aprender a soltar mi locura sin reprimirme, a filosofar de la vida sin miedo a las críticas, a valorarme más por quién soy, que no soy juguete de nadie y que nadie me tome por momentos, que estoy para ser prioridad y no para ser opción, que soy demente por naturaleza y necesito a mi demente complementario pero que me quiera y me ame en todo momento, a toda plenitud y con toda libertad.